
Los emblemáticos Cines Renoir de Palma de Mallorca cierran sus puertas tras quince años ofreciendo una selección del mejor cine independiente en versión original. En un comunicado de prensa, Cines Renoir aseguró que tras ocho años de pérdidas la situación era insostenible y “no hay otra solución posible”. También han cerrado sus puertas los Renoir de Zaragoza, sumándose así al cierre en Bilbao de dichas salas dos años atrás.
La digitalización de los proyectores a la que se ven obligadas las salas de cine debe producirse en un tiempo limitado, renovando además las pantallas, que suponen una inversión de 100.000 euros por pantalla, de ahí que los responsables de los cines de Palma se hayan visto forzados a renunciar a este proyecto único, que gozaba de una gran reputación entre los amantes del cine y los residentes foráneos.
Los últimos filmes que se emitieron en las míticas salas de Palma fueron La pesca del salmón en Yemen, Cumbres borrascosas, El exótico Hotel Marigold e Intocable. Acudí a ver La pesca del salmón en Yemen, del cineasta sueco Lasse Hallström, bien conocido por sus películas ¿A quién ama Gilbert Grape? y Las normas de la casa de la sidra. El filme fue estupendo, con buenas dosis de humor británico y algo de amor, como no podía faltar en una comedia romántica. Pero abandoné con nostalgia la sala, a sabiendas que probablemente sería la última película que vería allí.
Sólo han sobrevivido los cines Renoir de Madrid, Barcelona, Tenerife y Guadalajara, desde que nacieran en 1986 con el objetivo de “proyectar cine independiente y en versión original subtitulada”, pero, sobre todo, películas de calidad. Los aficionados al cine y los amigos de los Renoir homenajearon las salas con una concentración el pasado domingo 6 de mayo, dos días antes de su cierre definitivo, que se produjo el martes 8 de mayo. Abrumados por el apoyo popular, los responsables de los Renoir de Palma han creado la página “Salvem els Renoir” (Salvemos los Renoir), con el objetivo de buscar alternativas viables a la supervivencia del cine de calidad en Mallorca.
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El pasado mes de abril se conmemoró el centenario del naufragio del Titanic con la emisión en 3D de la película que dirigió James Camero en 1997. Una ceremonia en el cementerio de Fairview Lawn de Halifax, donde están enterradas 121 víctimas del hundimiento del buque, puso punto final a los actos conmemorativos del fatídico suceso.
El éxito de la emisión en tres dimensiones del filme ha superado cualquier previsión, recaudando más de 146 millones de dólares, paradójicamente 58 millones de ellos en el primer fin de semana de exhibición en China. Y eso pese a que las autoridades chinas habían censurado la emblemática escena en la que la protagonista, Rose (Kate Winslet), aparece desnuda sobre el diván posando para Jack (Leonardo DiCaprio).
En el filme, considerado una de las 1001 películas que hay que ver antes de morir, Kate Winslet interpreta a Rose, la joven que va a contraer matrimonio con el ruin Cal (Billy Zane), pero se enamora de un pasajero de tercera clase (Leonardo DiCaprio) antes del hundimiento del transatlántico. A juicio de la crítica Joanna Berry, “la visión de Cameron es una mezcla entre La aventura del Poseidón y Vacaciones en el mar, ya que se explora en la misma medida el amor y la catástrofe marítima”. Desde el rodaje de Titanic, Kate Winslet y Leonardo DiCaprio estrecharon el vínculo que les unía convirtiéndose en grandes amigos, una relación que aún hoy mantienen viva. Volvieron a unirse en el rodaje de Revolutionary Road (2008), dirigida por el marido (por aquel entonces) de Kate Winslet, Sam Mendes. Tan buena es la relación entre los actores, que los hijos de ella le llaman cariñosamente Uncle Leo (tío Leo).
Con un presupuesto de más de 200 millones de dólares, antes de su estreno se hizo con el dudoso honor de convertirse en la película más cara de todos los tiempos. Buena parte de este dinero se invirtió en seis meses de rodaje en México, en el que se utilizó una réplica de 270 metros del famoso barco que se hundió al chocar contra un iceberg en 1912. Fue un rodaje saturado de problemas, incluyendo retrasos en la filmación porque el equipo y el reparto sufrieron una intoxicación alimentaria en Nueva Escocia. También se rumoreaba el excesivo perfeccionismo de Cameron, que llegó a contratar a las mismas empresas que habían proporcionado el mobiliario al Titanic para supervisar hasta el más mínimo detalle.
A raíz del increíble éxito de taquilla de la película (más de mil millones de dólares que ahora ya superan los dos mil millones) y el mayor número de Oscar recibidos por una misma película desde Ben-Hur (1959), Cameron fue rebautizado como genio, considerado en la actualidad como uno de los directores más exitosos de todos los tiempos.
“Un bombazo donde los haya, Titanic convirtió a DiCaprio en superestrellas y un guaperas adolescente. En términos de producción y escala épica, Titanic es una de las películas más impresionantes de todos los tiempos”, concluye Berry en 1001 películas…
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“El último western de Clint Eastwood es uno de los grandes: oscuro, absorbente y capaz de tratar temas complejos; una epopeya de melancólica belleza y de resuelto realismo moral, físico e histórico”: 1001 películas que hay que ver antes de morir.
El curtido William Munny (Clint Eastwood) es un asesino retirado, reformado gracias al amor de una buena mujer que murió años atrás dejándole solo con sus dos hijos en su granja. Abrumado por la dureza de la vida en la granja, que se refleja en una escena con unos cerdos de un patetismo angustioso, William aprovecha la oportunidad de ir en busca de una recompensa junto a Ned (Morgan Freeman) para volver a su pasado oscuro.
Su labor consiste en vengar a una prostituta acuchillada en el inhóspito pueblo de Big Whiskey, donde el brutal sheriff Little Bill (Gene Hackman) se muestra indiferente a la petición de justicia por parte de las mujeres. Paralelamente, el extravagante asesino Bob El Inglés (Richard Harris) acude también para cobrar la recompensa y trae consigo a su biógrafo, que se dedica a transformar en heroicidad las fechorías de su protagonista.
La periodista especializada en cine Angela Errigo considera que “Hackman y Freeman están soberbios, pero hay una interesante dicotomía en el papel del propio Eastwood. Las pías expresiones de Munny y sus declaraciones de renuncia al asesinato no son del todo ciertas, y cuando finalmente se deja llevar por la ira, el resultado es el que los seguidores de Eastwood habían estado esperando desde el principio; Munny se convierte en una amalgama de todos los violentos vengadores que Eastwood ha interpretado a lo largo de los años”. La escena final constituye un colofón magistral: la aparente búsqueda de redención por parte de Munny se convierte en una sangría de venganza por la muerte de su amigo Ned y un regreso a su naturaleza sombría.
La fotografía de Jack N. Green obtuvo la nominación al Óscar; desde la escena inicial con el plano del atardecer, la granja y el árbol a contraluz, pasando por los bellos encuadres de las espectaculares localizaciones en Alberta (Canadá), para reflejar la frontera del Medio Oeste, todos los planos constituyen una obra maestra.
Ganadora del Óscar a la mejor película y al mejor director, Sin perdón revisa de forma radical el personaje icónico y altivo que Eastwood había interpretado durante su juventud, un hombre sin nombre y de pocas palabras. El hecho de desacreditar el heroísmo del western y de que aparezca un novelista que reescribe y da glamour a los sangrientos acontecimientos de los que es testigo añade un toque de humor sardónico a Sin perdón. “Es una estupenda obra de artesanía, como se podía esperar de Eastwood, quien despliega todos sus conocimientos sobre un género que mantuvo vivo durante veinte años cuando ya había pasado de moda”, concluye Errigo.
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Cuatro atracadores aficionados asaltan la joyería Hatton Gardens de Londres. Se trata del británico George (Tom Georgeson), su novia norteamericana Wanda (Jamie Lee Curtis), el amante yanqui de ésta, Otto (Kevin Kline), y el tartamudo secuaz inglés de George, Ken (Michael Palin). La absoluta falta de confianza entre ellos les conduce a sospechar entre ellos y a crear tramas en secreto y alianzas internas. Wanda y Otto traicionan a George acusándolo del robo, pero Ken intercede escondiendo la llave del botín en el acuario de su casa. Para descubrir dónde se esconde el botín, Wanda seduce a Archie (John Cleese), el abogado de la defensa de George. Las complicaciones del caso, cómo Ken trata de matar a la señora Coady (Patricia Hayes), la única testigo que relaciona a George con el robo, el fingido amaneramiento de Otto para intentar ligarse a Ken, la aburrida vida doméstica de Archie y la escena final del aeropuerto contribuyen a la comicidad del filme, una de las 1001 películas que hay que ver antes de morir.
La comicidad nace también de las poco sutiles diferencias culturales entre británicos y norteamericanos y el tratamiento de los estereotipos que rodean a los gánsteres. El crítico cinematográfico Garrett Chaffin-Quiray desarrolla en 1001 películas… el papel de cada uno de los personajes de Un pez llamado Wanda: “En primer lugar, están los absurdos problemas de comunicación de un hombre tartamudo (Ken); luego, el asesino psicótico (Otto), que es un bobo ultrasensible manipulado por una mujer fatal (Wanda) con una debilidad erótica por las lenguas romances y, por último, el héroe sencillo (Archie), tan solo un hombre apasionado encerrado en sí mismo, aunque también con una tendencia casi patológica a verse inmiscuido en situaciones desafortunadas”.
Se trata de una de las comedias inolvidables de los años ochenta, junto a Agárralo como puedas, Mujeres al borde de un ataque de nervios, La princesa prometida, El festín de Babette, Todo en un día, El rey de la comedia o Tootsie, entre muchas otras de una década prolija en la producción de comedias.
“Risas aparte, Un pez llamado Wanda significa la triunfal revalorización de Curtis, antaño reina del grito en películas de terror, como actriz cómica, y el lanzamiento de la carrera de Kline en los círculos críticos como actor merecedor de premios. Con aparente facilidad, gracias al humor, la película impulsó las carreras de los alumnos de Monty Python John Cleese y Michael Palin y los convirtió en estrellas de Hollywood”, concluye Chaffin-Quiray en 1001 películas que hay que ver antes de morir.
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La nueva película de la cineasta libanesa Nadine Labaki es una interesante apuesta por un género tan difícil como la comedia negra, eso sí, en clave feminista y religiosa. ¿Y ahora adónde vamos? se inicia con un grupo de mujeres vestidas de negro que, bajo un sol abrasador y sobre un camino pedregoso, se dirigen al cementerio a llorar a sus muertos. Caminan acompasadas, sus puños en el pecho comprimen fotografías de sus seres queridos. Algunas lucen en sus cuellos cruces cristianas y otras se cubren sus cabezas con hiyabs. Cuando llegan al cementerio, las cristianas se dirigen hacia un lado y las musulmanas hacia el otro. Esta escena inicial permite al espectador intuir que se encuentra ante un filme de denuncia que aboga por la tolerancia entre las diferentes comunidades religiosas que conviven en el Líbano, en la línea de la anterior película de la cineasta de Baabdat.
El filme se desarrolla en un pequeño pueblo aislado que vive ajeno a la guerra entre comunidades que sacude el Líbano. En un país que no cesa de levantarse sobre sus propias cenizas, sumido en el profundo dolor de la pérdida (al parecer, inevitable), las mujeres de ese pequeño pueblo tratan de proteger a sus familias del odio que se profesan musulmanes y cristianos en el resto del país. Con toda clase de ingenios y estratagemas hilarantes, las mujeres del pueblo tratarán de distraer a los hombres para que dejen de lado sus rencores. Es magistral la capacidad de Labaki de conducir al espectador de las carcajadas a un llanto incontenible por la pérdida. Se trata de un relato soberbio de la capacidad de superación, del coraje y el ingenio de las mujeres de un pueblo oprimido por el odio y el rencor.
Ladine Labaki saltó a la fama en Europa por Caramel (2007), una película protagonizada por cinco mujeres que luchan por liberarse de la represión sexual, las ataduras de la tradición en el escenario de una peluquería de Beirut.
Con anterioridad he dedicado algunos posts al cine árabe, y en particular a películas imprescindibles palestinas que me gustaría recordar hoy, como Los Limoneros o Paradise Now, ésta última una de las 1001 películas que hay que ver antes de morir por su “visión libre de prejuicios de un enfrentamiento polémico” que nos invita a “extraer nuestras propias conclusiones del conflicto palestino-israelí”.
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Esta semana he abordado el cine de Luis Buñuel, empezando por el drama surrealista El ángel exterminador (1962), una película agónica producida por Gustavo Alatriste e interpretada por Silvia Pinal, su esposa. Un grupo de burgueses acuden a una cena en la mansión de los Nóbile tras asistir a la ópera. Los sirvientes y cocineros sienten la urgente necesidad de abandonar la mansión y así lo hacen. Tras la cena, los invitados no pueden salir del salón, a pesar de que nada se lo impide, por una causa desconocida. Cuando los alimentos comienzan a escasear, la educación y formalidades propias de los burgueses se van al traste y empiezan a comportarse como bestias ante el miedo a la muerte y el hambre.
Diez años después, en 1972, Buñuel rodó uno de sus mejores filmes de su última etapa, El discreto encanto de la burguesía, que en cierta medida evocaba esa crítica a la burguesía que desplegó en El ángel exterminador. El discreto encanto de la burguesía es una obra maestra cómica de Buñuel sobre tres parejas acaudaladas que intentan, sin lograrlo, sentarse a comer juntos. El cineasta fue entrevistado por los periodistas poco después de que la película fuera nominada a los Oscar y cuando le preguntaron si esperaba ganar, su respuesta fue: Pues claro. Ya he pagado los veinticinco mil dólares que querían. Los americanos tendrán sus defectos, pero mantienen sus promesas.
Pero repasemos los mejores filmes del cineasta aragonés, siguiendo la selección de 1001 películas que hay que ver antes de morir:
1. El debut como director de Luis Buñuel (cuando tenía 28 años), en colaboración con el artista Salvador Dalí (a sus 24 años), está grabado en nuestra memoria gracias a una sola imagen: una navaja que secciona un ojo. Esta imagen de Un perro andaluz “sugiere una parábola surrealista clásica del Eros siempre negado, siempre frustrado por instituciones y costumbres”.
2. El éxito de este cortometraje por su capacidad de escandalizar y deleitar a la intelectualidad animó al vizconde De Noailles a financiar un largometraje: La edad de oro (1930), que el director definió así: El instinto sexual y la pulsión de la muerte forman la sustancia de la película. Es una cinta romántica realizada con frenesí surrealista. “La edad de oro ha legado algunas de las imágenes más inolvidables de la historia del cine: los obispos momificados; el pintor Max Ernst como frágil bandido agonizante; la vaca sobre la cama de una elegante villa de la alta burguesía; Lya Lys chupando el dedo gordo del pie de una estatua; el rostro maníaco de Gaston Modot; el angélico Jesús y sus agotados libertinos en el puente levadizo del castillo. Es una película intemporal, que conserva toda su capacidad de estímulo y sorpresa en el siglo XXI, sin visos de que envejezca”.
3. En el documental Las Hurdes (tierra sin pan) (1933), “una cámara desapasionada observa con serenidad los males físicos, psíquicos y sociales, porque Buñuel comprendió que las imágenes por sí solas serían harto elocuentes”.
4. La película Los olvidados (1950) se centra en los barrios bajos de México, en torno a dos niños pobres: Pedro (Alfonso Mejía), que intenta con todas sus fuerzas ser bueno, y el más mayor e incorregible Jaibo (Roberto Cobo), quien, al igual que un pequeño demonio, no ceja en su empeño por llevar a Pedro por el mal camino.
5. La joven (1960), rodada en inglés, es una tensa comedia-thriller que, a juicio de Jonathan Rosenbaum, es una “mirada satírica al racismo y a la hipocresía sexual que se niega a tomar partido”, una “oscura y sensual comedia de costumbres”, que además “está llena de detalles poéticos y acontecimientos inesperados que revelan el oscuro y filosófico ingenio del cineasta como un don muy personal”.
6. En 1960, la nueva generación de cineastas españoles convenció a Luis Buñuel de que trabajara en su España natal por primera vez desde que la abandonó en 1936. El proyecto que ideó, Viridiana (1961) fue un drama irónico, inmediatamente prohibida en España.
7. Luis Buñuel describió Belle de jour (1967) como “pornográfica”, pero añadió que exploraba el “erotismo casto”. Junto a cintas como Al final de la escapada y La dolce vita, que han disfrutado de reestrenos mundiales desde los noventa, capta un cierto estilo de la época en sus más íntimos detalles de lenguaje, gestualidad, vestuario y actitudes.
8. Tristana (1970) es una adaptación de la novela de Benito Pérez Galdós que toca uno de los temas preferidos de Buñuel: la seducción y corrupción de un inocente, Tristana (Catherine Deneuve), por alguien mucho mayor, don Lope (Fernando Rey), un caballero cuyos ideales políticos son mucho más radicales que su forma de tratar a las mujeres. Tristana no es una película surrealista en la superficie, pero sí en el fondo: “un mundo subterráneo de impulsos inconscientes, una dimensión paralela, parecen acechar bajo la superficie de todo cuanto presenta Buñuel, y solo al final se atisba la dirección, completamente contraria, que habría podido tomar esta triste historia”.
En definitiva, el cine de Buñuel es imprescindible en la historia del celuloide, desde los años veinte hasta la década de los setenta, sus películas son emocionantes, agónicas, tensas, hilarantes, revolucionarias e inolvidables.
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La XXVI edición de los Premios Goya que concede la Academia de cine español transcurrió sin sorpresas y con un buen reparto de estatuillas, aunque No habrá paz para los malvados se alzó con los premios más importantes. El filme de Enrique Urbizu obtuvo en total seis galardones: mejor película, mejor director, mejor actor protagonista (José Coronado), mejor guión original (Michel Gaztambide y Enrique Urbizu), mejor montaje (Pablo Blanco) y mejor sonido (Ignacio Royo-Villanova y Licio Marcos de Oliveira).
La piel que habito de Pedro Almodóvar finalmente sólo obtuvo cuatro de las dieciséis estatuillas a las que optaba: mejor música original (Alberto Iglesias se llevó su décimo galardón), mejor actriz protagonista (Elena Anaya), mejor actor revelación (Jan Cornet) y mejor maquillaje y/o peluquería.
De nuevo el donostiarra Alberto Iglesias nos ofreció una brillante banda sonora, a la altura de algunas de sus anteriores composiciones en Todo sobre mi madre, Lucía y el sexo, Hable con ella, El jardinero fiel, Volver, Cometas en el cielo o También la lluvia.
Por su parte, el western de Mateo Gil Blackthorn, protagonizada por Sam Shepard y Eduardo Noriega, se llevó buena parte de los premios técnicos, en concreto el galardón a la mejor fotografía, dirección artística, dirección de producción y diseño de vestuario.
El cineasta bilbaíno Enrique Urbizu es conocido por sus películas La caja 507, también protagoniza por José Coronado y ganadora de dos Premios Goya, y su colaboración en el guión del film de Roman Polanski La novena puerta, basado en la novela de Arturo Pérez Reverte.
Por su parte, el director de Calzada de Calatrava, Pedro Almodóvar, ya obtuvo el Premio al a mejor película con Mujeres al borde de un ataque de nervios, Todo sobre mi madre y Volver, todos ellos filmes imprescindibles en la selección de 1001 películas que hay que ver antes de morir.
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Abrió un par de sobres cuyos remitentes le interesaron; vio una carta con caligrafía desconocida y apariencia demasiado voluminosa que, en un principio, dejó de lado […]. Era un pliego de unos veinticinco folios escritos precipitadamente con letra femenina, desconocida y nerviosa; más que una carta parecía un manuscrito. ‘A ti, que nunca me has conocido’.
Así comienza la fascinante novela corta de Stefan Zweig Carta de una desconocida, que adaptó a la gran pantalla en 1948 Howard Koch en una película dirigida por Max Ophüls. El film nos proporciona el vívido y estremecedor retrato de un amor que nunca debería haber existido: Cuando Stefan Brand (Louis Jourdan), concertista de piano y dandi en la Viena del cambio de siglo, llega a casa tras otra noche de disipación, su mudo sirviente le tiende una carta, de una mujer, Lisa (Joan Fontaine). A partir de ahí se teje un hipnótico relato del descubrimiento de esa “desconocida” mujer, a partir de la voz en off de la protagonista: Cuando leas esta carta puede que ya haya muerto. Tengo tanto que contarte, y tan poco tiempo…
Los expertos de 1001 películas que hay que ver antes de morir realizan una deslumbrante crítica de Carta de una desconocida: “La intuitiva comprensión de Ophüls de la desigualdad de los géneros en la sociedad occidental del siglo XX es fascinante. Ophüls construye una obra exquisitamente equilibrada. Además de animarnos a identificarnos con los anhelos de Lisa, y los sueños de toda una sociedad alimentados por la cultura popular, Carta de una desconocida proporciona, al mismo tiempo, una mordaz y devastadora crítica del mito y la ideología del amor romántico. Nuestra comprensión de la historia gira en torno a sus delicados cambios de enfoque y de punto de vista”.
El curso de la vida puede ser alterado por pequeños acontecimientos. Tantas personas que vemos pasar absortas en sus problemas, tantas cosas que pasan inadvertidas. Ahora comprendo que nada sucede por casualidad, cada segundo está medido, cada paso tiene su por qué.
“Con ritmo lento e hipnótico, la puesta en escena de Ophüls va apartando los velos de ilusión que envuelven a Lisa. También los escenarios revelan la banal condición de la realidad que subyace bajo esos vuelos de la fantasía, y la cámara sugiere (en sutiles posiciones y movimientos ligeramente distanciados del mundo que narra la historia), una perspectiva de conocimiento que evita los personajes. La película es un triunfo no solo de un estilo expresivo y pleno de sentido, sino de una intencionada estructura narrativa. Con una conmovedora narración en voz en off de Lisa, las décadas quedan unificadas y los años clave destacados con inteligencia gracias a detalles significativos que se repiten, concentrados en gestos, líneas de diálogo y objetos clave”, como cita 1001 películas... “Para cuando Ophüls alcanza el tópico hollywoodiense (la aparición fantasmal de la joven Lisa conjurada finalmente en la mente de Stefan), el cliché queda gloriosamente trascendido, y las lágrimas sobrevienen incluso en los espectadores modernos que se resisten a esas ñoñerías pasadas de moda”. Carta de una desconocida es una obra maestra, inagotable, y, ante todo, emocionante.
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En un post reciente emulaba la vasta producción cinematográfica del cineasta polaco Roman Polanski, que recientemente ha regresado a la palestra con la excelente adaptación de Un dios salvaje. Pero me gustaría dedicar este post al film Chinatown (1974), uno de los thrillers imprescindibles de la década de los setenta. El guionista Robert Towne escribió Chinatown pensando en Jack Nicholson y realizó un trabajo excepcional que le valió el único Oscar que se llevó el film.
La trama es tan compleja como rica la interpretación de los actores, magistrales todos ellos en sus papeles. El detective privado Jake Gittes (Jack Nicholson en una de las mejores interpretaciones de su carrera) es un antiguo policía que solía patrullar las abrumadoras calles de Chinatown en Los Ángeles. Pero lo misterioso de su pasado crea en el espectador una incertidumbre que invita a imaginar los más espinosos acontecimientos. Esa sutilidad en el planteamiento de un trágico suceso del pasado insinúa además el desastre que conducirá a Jake de nuevo a Chinatown en el trágico clímax del film. Un final en el que Polanski dejó su inconfundible sello con una dramática muerte que se muestra fuera de plano y únicamente a través del audio, en unos frames que parecen interminables al espectador y que concluyen con un plano de la evidencia.
Pero volviendo a la trama, a Jake le contrata una mujer (Diane Ladd) para que espíe a su marido, Mulwray, de quien sospecha una infidelidad. Pero se trata de una farsante, ya que aparece la verdadera señora Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) y, para evitar la vergüenza, decide continuar con la investigación, envuelta poco más adelante por una serie de asesinatos e intrigas. Las pistas le conducen al villano Noah Cross (John Huston), padre de la esposa de Mulwray y, a la vez, de la hija de ésta.
La periodista Angela Errigo, citada en 1001 películas que hay que ver antes de morir, considera que se trata de “una película compleja que cubrió de gloria a todos los que participaron en ella, incluyendo a los espectadores, que respondieron con aprecio a la irresistible y compleja trama y a las colosales actuaciones”. Y es que Polanski “observó con humana y aguda percepción toda una colección de bichos raros, víctimas y villanos”, perfectamente interpretados, por Dunaway, presentada como una femme fatale de clase alta, pero sobre todo por Nicholson. Como concluye Errigo en 1001 películas… “(Chinatown) sigue siendo la película de Nicholson, con su atractivo fatalista y su presencia como el cínico, ocurrente e impulsivo detective decente que ni siquiera el vendaje en la nariz durante la mayor parte del filme estropeó”. Roman Polanski nos ofrece en el siguiente vídeo una masterclass del making of de Chinatown:
Una película fascinante en el año estelar de Francis Ford Coppola, que acaparó en 1974 los premios de los Oscar con El Padrino II, y selló con La conversación el mejor año de su carrera.
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Charlie y la fábrica de chocolate (2005) era una tarea pendiente ineludible en mi lista de films imprescindibles que por fin pude disfrutar la mágica noche de Reyes. Nuevamente el californiano Tim Burton desplegó todo su arsenal de magia, mundos maravillosos, cierta oscuridad e inconfundible y hechicera estética burtoniana. Willy Wonka (Johnny Deep) es el dueño de una fábrica de chocolate que introduce cinco billetes dorados en sus chocolatinas Wonka con un curioso premio: una visita guiada por la fábrica. Uno de los ganadores del concurso, Charlie Bucket (Freddie Highmore), es un niño bueno e inocente que vive con su familia de recursos muy limitados. Wonka sentirá una inmediata inclinación por el joven Charlie y se tejerá entre ellos una gran relación en un mundo fantástico y, sobre todo, muy dulce.
Se trata de una adaptación del cuento escrito por el británico Roald Dahl en 1964 que también llevó a la gran pantalla Mel Stuart con el musical Willy Wonka & the Chocolate Factory (Un mundo de fantasía, 1971). Y, aunque la adaptación protagonizada por Gene Wilder en el papel de Willy Wonka es un film inolvidable con memorables escenas, la fábrica de chocolate de Burton lleva su inconfundible y personalísimo sello.
Como todos los films del cineasta de California, desde Big Fish (2003) y Alicia en el país de las maravillas (2010), a las recomendadas por los expertos de 1001 películas que hay que ver antes de morir: Batman (1989) y Eduardo Manostijeras (1990). En la adaptación del cómic de Bob Kane, Tim Burton se imaginó a Batman como un personaje oscuro y conflictivo. A pesar de que Burton “aporta profundidad, oscuridad e incluso un toque de romance a su cruzado enmascarado, el villano, Joker, interpretado por un Jack Nicholson a sus anchas, prácticamente le roba la película al héroe”, explica la crítica de cine Joanna Berry.
En lugar de aprovechar el éxito de taquilla de Batman y realizar otra espectacular película con efectos visuales, el director norteamericano optó por rodar un film delicioso en las antípodas de la corriente principal de las superproducciones de Hollywood. El resultado fue Eduardo Manostijeras, según Berry “un oblicuo cuento de hadas que sigue siendo hoy en día la más conmovedora y fantástica de las películas de Burton”. En ella, Eduardo (Johnny Deep) es una creación del Inventor que lleva tijeras en lugar de manos. Vive en una mansión al margen de la vida en el barrio hasta que descubre su escondrijo la vendedora Peg Boggs (Dianne Wiest). Al principio le aceptarán el barrio, pero cuando se enamora de la joven Kim (Wynona Ryder), el novio de ésta (Anthony Michael Hall) le hará la vida imposible. Un bello, conmovedor y oscuro cuento de hadas repleto de magia.
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