En un post reciente emulaba la vasta producción cinematográfica del cineasta polaco Roman Polanski, que recientemente ha regresado a la palestra con la excelente adaptación de Un dios salvaje. Pero me gustaría dedicar este post al film Chinatown (1974), uno de los thrillers imprescindibles de la década de los setenta. El guionista Robert Towne escribió Chinatown pensando en Jack Nicholson y realizó un trabajo excepcional que le valió el único Oscar que se llevó el film.
La trama es tan compleja como rica la interpretación de los actores, magistrales todos ellos en sus papeles. El detective privado Jake Gittes (Jack Nicholson en una de las mejores interpretaciones de su carrera) es un antiguo policía que solía patrullar las abrumadoras calles de Chinatown en Los Ángeles. Pero lo misterioso de su pasado crea en el espectador una incertidumbre que invita a imaginar los más espinosos acontecimientos. Esa sutilidad en el planteamiento de un trágico suceso del pasado insinúa además el desastre que conducirá a Jake de nuevo a Chinatown en el trágico clímax del film. Un final en el que Polanski dejó su inconfundible sello con una dramática muerte que se muestra fuera de plano y únicamente a través del audio, en unos frames que parecen interminables al espectador y que concluyen con un plano de la evidencia.
Pero volviendo a la trama, a Jake le contrata una mujer (Diane Ladd) para que espíe a su marido, Mulwray, de quien sospecha una infidelidad. Pero se trata de una farsante, ya que aparece la verdadera señora Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) y, para evitar la vergüenza, decide continuar con la investigación, envuelta poco más adelante por una serie de asesinatos e intrigas. Las pistas le conducen al villano Noah Cross (John Huston), padre de la esposa de Mulwray y, a la vez, de la hija de ésta.
La periodista Angela Errigo, citada en 1001 películas que hay que ver antes de morir, considera que se trata de “una película compleja que cubrió de gloria a todos los que participaron en ella, incluyendo a los espectadores, que respondieron con aprecio a la irresistible y compleja trama y a las colosales actuaciones”. Y es que Polanski “observó con humana y aguda percepción toda una colección de bichos raros, víctimas y villanos”, perfectamente interpretados, por Dunaway, presentada como una femme fatale de clase alta, pero sobre todo por Nicholson. Como concluye Errigo en 1001 películas… “(Chinatown) sigue siendo la película de Nicholson, con su atractivo fatalista y su presencia como el cínico, ocurrente e impulsivo detective decente que ni siquiera el vendaje en la nariz durante la mayor parte del filme estropeó”. Roman Polanski nos ofrece en el siguiente vídeo una masterclass del making of de Chinatown:
Una película fascinante en el año estelar de Francis Ford Coppola, que acaparó en 1974 los premios de los Oscar con El Padrino II, y selló con La conversación el mejor año de su carrera.
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Charlie y la fábrica de chocolate (2005) era una tarea pendiente ineludible en mi lista de films imprescindibles que por fin pude disfrutar la mágica noche de Reyes. Nuevamente el californiano Tim Burton desplegó todo su arsenal de magia, mundos maravillosos, cierta oscuridad e inconfundible y hechicera estética burtoniana. Willy Wonka (Johnny Deep) es el dueño de una fábrica de chocolate que introduce cinco billetes dorados en sus chocolatinas Wonka con un curioso premio: una visita guiada por la fábrica. Uno de los ganadores del concurso, Charlie Bucket (Freddie Highmore), es un niño bueno e inocente que vive con su familia de recursos muy limitados. Wonka sentirá una inmediata inclinación por el joven Charlie y se tejerá entre ellos una gran relación en un mundo fantástico y, sobre todo, muy dulce.
Se trata de una adaptación del cuento escrito por el británico Roald Dahl en 1964 que también llevó a la gran pantalla Mel Stuart con el musical Willy Wonka & the Chocolate Factory (Un mundo de fantasía, 1971). Y, aunque la adaptación protagonizada por Gene Wilder en el papel de Willy Wonka es un film inolvidable con memorables escenas, la fábrica de chocolate de Burton lleva su inconfundible y personalísimo sello.
Como todos los films del cineasta de California, desde Big Fish (2003) y Alicia en el país de las maravillas (2010), a las recomendadas por los expertos de 1001 películas que hay que ver antes de morir: Batman (1989) y Eduardo Manostijeras (1990). En la adaptación del cómic de Bob Kane, Tim Burton se imaginó a Batman como un personaje oscuro y conflictivo. A pesar de que Burton “aporta profundidad, oscuridad e incluso un toque de romance a su cruzado enmascarado, el villano, Joker, interpretado por un Jack Nicholson a sus anchas, prácticamente le roba la película al héroe”, explica la crítica de cine Joanna Berry.
En lugar de aprovechar el éxito de taquilla de Batman y realizar otra espectacular película con efectos visuales, el director norteamericano optó por rodar un film delicioso en las antípodas de la corriente principal de las superproducciones de Hollywood. El resultado fue Eduardo Manostijeras, según Berry “un oblicuo cuento de hadas que sigue siendo hoy en día la más conmovedora y fantástica de las películas de Burton”. En ella, Eduardo (Johnny Deep) es una creación del Inventor que lleva tijeras en lugar de manos. Vive en una mansión al margen de la vida en el barrio hasta que descubre su escondrijo la vendedora Peg Boggs (Dianne Wiest). Al principio le aceptarán el barrio, pero cuando se enamora de la joven Kim (Wynona Ryder), el novio de ésta (Anthony Michael Hall) le hará la vida imposible. Un bello, conmovedor y oscuro cuento de hadas repleto de magia.
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Fargo (1996) es una de esas películas imprescindibles, un film que se convirtió en clásico en el mismo momento de su estreno. Es muy difícil encasillarla en un género, ya que Fargo es una historia trágica narrada con un gran sentido del humor y, a la vez, contiene buenas dosis de acción y diálogos delirantes. La periodista Angela Errigo define de forma magistral el cine de sus directores en 1001 películas que hay que ver antes de morir: “Una especialidad de los hermanos Joel y Ethan Coen es darle la vuelta a los géneros consagrados por Hollywood (thriller negro, comedia disparatada, historia de gángsters o fugitivo que huye de una cadena de presos) y convertirlos en delicias extravagantes y modernas”.
El film se desarrolla en Dakota del Norte, donde un oprimido vendedor de coches, Jerry Lundergaard (William H. Macy en el papel que lanzó su carrera como intérprete), se reúne con dos ex convictos a los que contrata para que rapten a su mujer. Lundergaard, endeudado hasta las orejas, les pide ante todo que no haya nada de violencia, ya que la única intención del secuestro es cobrar el rescate del padre de ella (Harve Presnell) y repartírselo entre los tres.
No obstante, las cosas se tuercen dada la brutal indiferencia ante la vida del psicópata Grimsrud (Peter Stormare) y del descontrolado metepatas Showalter (Steve Buscemi). La jefe de policía Marge Gunderson (Frances McDormand, esposa de Joel Coen, en una magistral interpretación), muy embarazada y aparentemente vulgar, se ocupa de investigar el triple asesinato en el que se ven envueltos los dos ex convictos.
“La ingeniosa habilidad de los Coen da como resultado una tragicomedia anómala y estrambótica que consigue una enorme diversión y una perturbación violenta, en sucesivas secuencias pulcramente conseguidas, donde la inocencia fundamental y la simplicidad de unos personajes contrasta con la depravación de otros. Los desafortunados criminales y sus víctimas no están ahí para despertar nuestra simpatía, sino para jugar con ellos cruelmente desde nuestro estremecido placer”, puntualiza Errigo en 1001 películas… “Junto a unos helados efectos visuales, Fargo contiene algo de su trabajo más cálido, lleno de escenas y chistes consecutivos con el sello Coen, pero también el consuelo redentor de una dignidad simple y directa”, concluye. La escena final es de lo mejorcito del film, en la que el perfectamente diseñado personaje de Marge Gunderson se pregunta por qué alguien es capaz de cometer semejantes crueldades. ¿Así que el que metías en la trituradora de madera era tu cómplice?
En definitiva, Fargo es un cuento perverso, una historia absorbente, conmovedora, hilarante y trágica a la vez. Imprescindible.
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La adaptación de la obra teatral Un dios salvaje de Yasmina Reza por Roman Polanski es magistral. Los protagonistas son dos matrimonios que se reúnen para hablar de la reciente pelea entre sus dos hijos. Lo que en un principio parecía un encuentro civilizado entre adultos, acaba derivando en una sátira sobre cómo el ser humano se deja llevar por los instintos primarios de protección de los hijos y por su incapacidad de analizar objetivamente un desafortunado enfrentamiento.
Está repleta de diálogos fascinantes, de escenas hilarantes y, a la vez, de un sutil patetismo brillantemente interpretado por los cuatro protagonistas (Kate Winslet, Christoph Waltz, Jodie Foster y John C. Reilly), magistrales todos ellos en sus papeles diametralmente opuestos. Es un soberbio estudio antropológico construido en un único escenario aparentemente neutral que Roman Polanski traslada a la gran pantalla de un modo impecable. Una auténtica comedia negra con pinceladas de dramatismo perfectamente integradas.
Me gustaría repasar las obras maestras de la carrera cinematográfica del octogenario director de cine de origen polaco, basándome en la cuidada selección de 1001 películas que hay que ver antes de morir:
1. Repulsión (1965) es la primera película de Polanski en inglés y su obra más aterradora e inquietante, no solo por su evocación del miedo al sexo, sino porque su uso magistral del sonido pone a trabajar a la imaginación del público de diversas maneras. También es la más expresionista de sus primeras cintas en blanco y negro, utilizando ángulos amplios que se ensanchan cada vez más y profundidad de campo, junto con otras estrategias visuales, con el fin de transmitir estados subjetivos de la mente en que sueños, imaginación y realidad cotidiana se integran en el mismo conjunto. Las películas de Polanski “hablan de aislamiento y claustrofobia, e incluyen obras tan dispares como El quimérico inquilino (1976), en la que Polanski se reservó el papel protagonista, y El pianista, un cuarto de siglo después […]. Como narración, Repulsión sólo funciona a ratos, y como estudio de un caso puede parecer demasiado evidente, pero como pesadilla subjetiva, la película es un ejemplo asombroso de virtuosismo cinematográfico”, explica Jonatan Rosenbaum en 1001 películas…
2. En La semilla del diablo (1968), Polanski utilizó la escena inicial para cristalizar algunas de sus preocupaciones familiares: la traición, la corrupción, las fronteras de la cordura y los misterios de la mujer.
3. El genio de Polanski convirtió Chinatown (1974) en una narración intrincada e inteligente, y en una gran y turbadora visión. Polanski endureció el guión de manera crucial con su experiencia trágica íntima del mal, al cambiar el final escrito por Robert Towne por la conclusión amarga pero inolvidable que anonadaba a Jack Nicholson.
4. El pianista (2002) es un drama sobre la supervivencia del pianista judío polaco Wladislaw Szpilman en el gueto de Varsovia. Es una película hecha con humildad e inteligencia y, aunque no es la historia del holocausto propio del director, no se puede dudar de que es la película que ha estado esperando rodar toda su vida. Con gran sabiduría, Polanski no emite juicios: parece haber decidido que ante un horror tan meticulosamente planificado, lo mejor que puede hacerse es exponer los detalles correctamente”. Me quedo con la siguiente escena, en la que el protagonista interpreta la Balada nº 1 para piano de Frédéric Chopin.
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Este miércoles Cine Dreams ha exhibido la película La guerra de los botones en el marco del ciclo Salle Champs-Elysees de cine francés en versión original. Se trata de la adaptación de la novela de Louis Pergaud que relata el conflicto entre bandas de chicos de dos pueblos vecinos con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo. Paralelamente otra batalla se librará en la campiña francesa, entre bandas rivales de Longeverne y Velran lideradas por dos jóvenes conflictivos pero de buen corazón. Al joven protagonista, Lebrac (Jean Texier), se le ocurre la brillante idea de hacerse con los botones de los prisioneros de cada batalla, con el objetivo de que vuelvan a su casa semidesnudos y humillados.
La guerra de los botones contiene buenas dosis de humor y aún más sensiblería; aunque muy entretenida, la excesiva presencia de escenas artificialmente conmovedoras hacen que la brillante fotografía y la excelente actuación de los jóvenes protagonistas pasen más desapercibidas.
Esta adaptación realizada por el cineasta Christophe Barratier recuerda a su primer gran éxito: Los chicos del coro (2004), un film que abordaba el dolor de los niños a los que se separa de sus padres, así como la capacidad de la música para afrontar y superar esa pérdida. Aunque finalmente no pudo llevarse la estatuilla a la mejor película extranjera en 2004 (premio que se llevó Mar adentro, del cineasta especialmente apreciado por los expertos de 1001 películas que hay que ver antes de morir Alejandro Amenábar), Los chicos del coro obtuvo un éxito sin parangón entre el público.
La próxima película que incluye Cine Dreams (Palacio de Hielo) en su programa de Salle Champs-Elysees es Potiche, mujeres al poder, una divertida comedia que se sucede en el norte de Francia en 1977. Suzanne (la deslumbrante Catherine Deneuve) es una mujer consagrada a su hogar y a su familia y sometida al acomodado industrial Robert Pujol. Podréis verla en los cines de Palacio de Hielo el próximo miércoles 14 de diciembre por cinco euros o conseguir dos entradas gratis concursando en su página de Facebook.
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Esta es la pregunta que se hace todo espectador antes de ver la película Anonymous (2011), de Roland Emmerich. No obstante, esta cuestión se resuelve a los cinco minutos de empezar, y le siguen otros 127 para desvelar todos los entresijos de la trama y las relaciones entre sus protagonistas. Los personajes y su evolución resultan mucho más interesantes que la tesis que sostiene la película, sobre la que numerosos estudiosos y académicos han realizado innombrables conjeturas.
Shakespeare never wrote a single word. Shakespeare nunca escribió una sola palabra. Anonymous parte de esta teoría para relatar los entresijos de la corte isabelina de finales del siglo XVI, que acaba por convertirse en escenario de enrevesados escándalos sexuales y romances ilícitos que atormentan no solo a la reina Isabel I (Vanessa Redgrave), sino también a nuestro protagonista, Sir Edward De Vere, conde de Oxford (Rhys Ifans, sin duda lo mejor del film). La tesis de esta película sostiene que el conde de Oxford que encarna Rhys Ifans fue en realidad el autor de Macbeth, Otelo, Romeo y Julieta, Hamlet o Julio César, pero los enclaustrados pilares sobre los que se sostenía la sociedad de la época hacían que la poesía y el teatro fueran tildados de pecados inconcebibles para los miembros de la corte o la realeza. A pesar de ello, Sir Edward De Vere no puede evitar dejarse llevar por la pasión de la escritura y soborna a un escritor para que firme con su nombre sus obras de teatro y poder verlas así interpretadas en el escenario. Por una serie de eventualidades, el avaricioso y mujeriego actor William Shakespeare se convertirá en el más aclamado y brillante autor de la literatura inglesa. Paralelamente, y guiado por la ambición y los celos, el vil William Cecil (David Thewlis), miembro destacado del Consejo de la Corte, inyecta a la reina Isabel de falsos y envenenados testimonios contra el conde de Oxford para satisfacer sus codiciosos planes. La oscuridad del film, que imprime un gran dramatismo a la trama, junto a los peliagudos escándalos que sacuden a la corte isabelina y la magnífica interpretación de Rhys Ifans, hacen de Anonymous una película interesante, aunque el espectador se sienta algo decepcionado al ver que el foco de atención de la trama se centra en la corte de la Inglaterra del siglo XVI y no en la identidad del autor de Otelo.
El prolífico cineasta alemán Roland Emmerich es bien conocido por sus filmes de acción como Godzilla, 2012 o El día de mañana, aunque los expertos de 1001 películas que hay que ver antes de morir recomiendan su Independence Day (1996), que definen como “un gran ejemplo de lo tenso y divertido que puede ser un gran espectáculo de ciencia ficción”.
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La próxima película que exhibirá Cine Dreams en el marco del ciclo Salle Champs-Elysees de cine francés contemporáneo es absolutamente conmovedora. El niño de la bicicleta (2011), de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, es un magistral relato del sentimiento de pérdida de un niño abandonado por su padre, pero sin falsos juicios morales ni pedagogía sensiblera.
Ganadora del Gran Premio del Jurado en la última edición del Festival de Cannes, El niño de la bicicleta cuenta la historia de Cyril (Thomas Doret), un niño de once años que se escapa de su hogar de acogida para buscar a su padre (Jérémie Renier), que prometió que volvería a buscarle. Tras acudir al apartamento donde vivían y descubrir que su padre ya no reside allí, conoce a una joven peluquera, Samantha (Cécile de France), que acepta cuidar de él los fines de semana. No es la primera ocasión en la que los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne obtienen un importante reconocimiento en el Festival de Cannes: se llevaron la Palma de Oro con sus filmes Rosetta (1999) y L’enfant (2005).
Solo cineastas como Bille August, Emir Kusturica o Francis Ford Coppola pueden presumir de un éxito comparable en el festival de mayor reconocimiento al cine de autor. Coppola obtuvo la Palma de Oro en 1974 con su film La conversación, un estudio postmoderno del voyerismo que se incluye además entre las 1001 películas que hay que ver antes de morir. Esa selección también contiene Apocalypse Now, que se llevó la mayor distinción del Festival de Cannes en 1979 por la exactitud con la que Coppola captó el horror de lo que sucedió en la guerra de Vietnam.
Poco más tarde Emir Kusturica se alzó con la Palma de Oro en 1985 con su película Papá está en viaje de negocios y en 1995 con Underground, un film definido por Jonathan Rosenbaum en 1001 películas… como “un triunfo de la puesta en escena emparejado a una visión cómica que supera su propia hipérbole”.
No obstante, el cine de los hermanos Dardenne contiene mensajes tan desgarradores como turbadores, que hacen que los amantes del cine francés reciban con ansias cualquier novedad. Y El niño de la bicicleta no decepciona. La magistral puesta en escena y la brillante evolución del protagonista, que se debate constantemente entre la desazón y la esperanza, hacen de El niño de la bicicleta un film imprescindible, que podrá verse el próximo miércoles 9 de noviembre en el complejo Cine Dreams (Palacio de Hielo). Las entradas se pueden adquirir de forma anticipada por 5 euros a través de la página web y todas las novedades se pueden consultar a través de Facebook y Twitter.
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El complejo Cine Dreams (Palacio de Hielo) de Madrid acoge por primera vez en sus salas el ciclo Salle Champs-Elysees de cine francés contemporáneo, con el objetivo de difundir la cultura y la lengua francesas. Todos los miércoles hasta marzo del año que viene se emitirán en las salas de Cine Dreams filmes en versión original con subtítulos en español, muchos de ellos antes incluso de su estreno oficial en España. La película Tímidos anónimos, del cineasta de Lyon Jean-Pierre Améris, abrió el ciclo el pasado 19 de octubre, un estreno al que acudieron representantes de los participantes en la organización del ciclo, entre los que cabe destacar a la Alianza Francesa, Diálogo, el Instituto Francés y el Ministerio de Asuntos Extranjeros y Europeos de la República francesa.
Aunque a muchos amantes del séptimo arte les acuda a la mente el movimiento de la Nouvelle vague al pensar en cine francés, el país galo ha sido prolífico también en la producción de comedias, un género tan difícil como fascinante. Si una virtud tienen las comedias francesas es que te hacen reír, y mucho, pero también contienen satíricos mensajes de moralidad latentes en sus diálogos aparentemente simplistas. Como en Pequeñas mentiras sin importancia, la próxima película que se exhibirá en Cine Dreams el miércoles 26 de octubre. Se trata de una comedia que narra las vacaciones de un grupo de amigos que desde hace años comparten el mes de agosto en la casa de la playa de uno de ellos. Tras los numerosos gags y escenas comprometidas, los personajes se debaten entre la vergüenza, la soledad y la pérdida en un entorno costumbrista y rabiosamente cercano para el común de los espectadores.
Las entradas se pueden adquirir de forma anticipada por 5 euros a través de la página web de Cine Dreams y todas las novedades se pueden consultar a través de Facebook y Twitter.
Buena parte de la programación del ciclo Salle Champs-Elysees incluye comedias, un género habitualmente olvidado por la crítica y que me gustaría rescatar haciendo un repaso de las comedias que han marcado la historia del cine francés. Remontémonos a los orígenes del celuloide, durante el denominado “cine primitivo”, cuando George Méliès gestó Viaje a la luna (1902), un film plagado de efectos visuales y tramoyas. Se trata de una cinta entretenida e innovadora, que combina los trucos del teatro con las infinitas posibilidades del medio cinematográfico. La película se inicia con un congreso científico en el que el profesor Barbenfouillis intenta convencer a sus colegas de que tomen parte de un viaje para explorar la luna. Una vez aceptado el plan, se organiza la expedición y los científicos son enviados al satélite en una nave espacial. El vehículo en forma de misil aterriza en el ojo de la luna, representada por un ser antropomórfico. Una vez en la superficie, los científicos no tardan en encontrarse con nativos hostiles que les llevan ante su rey. Después de descubrir que los enemigos desaparecen con facilidad en una nube de humo nada más tocarlos con un paraguas, los franceses logran escapar y regresan a la tierra.
Jean Renoir ha sido siempre uno de los máximos exponentes del cine francés entre la década de los treinta y los cincuenta, justo antes de que naciera la Nouvelle vague, una de las etapas imprescindibles del cine francés. Es el responsable de films tan intemporales como Boudu salvado de las aguas (1932), La regla del juego (1939) o La carroza de oro (1952), esta última definida por el maestro de la Nouvelle vague François Truffaut como la más noble y refinada película que jamás se haya hecho… toda ella es buen gusto y amabilidad, gracia y frescura, en una cita que recoge el libro 1001 películas que hay que ver antes de morir.
También René Clair ha contribuido al enriquecimiento del cine cómico francés con films como Viva la libertad (1931), cuyo humor reside en la manipulación del espacio y las secuencias. Primero, la cadena de montaje tiene hipo. Después, un obrero olvida su lugar, molesta a otro compañero, irrita a su jefe. Es una fórmula carente de diálogos y adoptada sin más del cine mudo, como vehículo de transición al cine sonoro. También en El millón (1931), una comedia musical atípica, plagada de confusiones, falsas identidades, disfraces, volteretas, reconciliaciones y números musicales.
Aunque sin duda uno de los más inspiradores cineastas cómicos franceses sea Jacques Tati, heredero de los maestros del mejor cine cómico mudo francés y norteamericano. Las vacaciones de Monsieur Hulot (1953) relata una serie de incidentes que se suceden en un hotel junto a la playa, sin trama aparente. Hay muchos momentos encantadores, en los que no sucede absolutamente nada. La estoica estupidez del conjunto es extremadamente agradable. “La película controla a la perfección la cadencia cómica, la construcción espacial y los sonidos postsincronizados de los brillantes gags; incluso la repetición del sonido de una puerta resulta divertido, debido al modo en que Tati lo musicaliza”, se puede leer en 1001 películas...
Cinco años después, Jacques Tati dirige con Mi tío (1958) su sátira contra la mecanización que amenaza aquellos despreocupados y viejos modos de vida. Como siempre ocurre con Tati, el humor es por completo visual y auditivo: “Pocos cómicos han hecho un uso tan creativo de la banda sonora, y los ruiditos, zumbidos, siseos y chisporroteos de los variados artilugios de la familia Arpel y de la maquinaria de su fábrica, suelen alcanzar la cima de la locura controlada”.
La obra cómica de Tati es el puente entre el cine mudo y el sonoro, entre el vodevil y la era moderna. Un precedente para las comedias francesas contemporáneas que, gracias a loables labores como el ciclo Salle Champs-Elysees que organiza Cine Dreams, están al alcance de todos.
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Chloe es un thriller absolutamente perturbador con el inconfundible sello del cineasta canadiense Atom Egoyan, conocido por sus films El dulce porvenir (1997), Ararat (2002) y Where the Truth Lies (2005). La película se centra Catherine (Julianne Moore), una ginecóloga de éxito, que sospecha que su marido David (Liam Nesson), un atractivo profesor de música, la engaña con sus alumnas. Obsesionada con las supuestas aventuras de su marido, los celos conducen a Catherine a contratar a la joven y sugestiva Chloe (Amanda Seyfried) para seducirle y poner a prueba la fidelidad de su marido. Chloe relata a Catherine sus encuentros íntimos con David, con tal sensualidad que nace en Catherine un deseo y una necesidad de redescubrimiento sexual desconocidos para ella. Egoyan utiliza con maestría los primeros planos, los fundidos encadenados entre sugestivas imágenes de Catherine y las escenas en las que se imagina los encuentros entre su marido y Chloe, la banda sonora y los sugerentes gestos de acercamiento de Chloe para trasladar al espectador a la atmósfera de sensualidad y deseo que vive Catherine.
Atom Egoyan se ganó el reconocimiento internacional con el film Dulce porvenir (1997) es una de las 1001 películas que hay que ver antes de morir. Se trata de la excepción que confirma la regla en cuanto a adaptaciones literarias, dado que trata la novela de Russell Banks con tanta inteligencia que incluso el mismo Banks ha admitido que la película mejora la novela. “El director Atom Egoyan suaviza su distintiva línea temporal troceada y crea un análisis de la pérdida asombrosamente directo, casi como una fábula”, explica el periodista de Chicago Joshua Klein en 1001 películas... Egoyan incorpora brillantemente El flautista de Hamelín a su película, prestando a los desgarradores sucesos una unidad temática reflexiva y sombría.
La película relata la historia de un autobús escolar que choca y se hunde bajo el hielo, un accidente en el que mueren la mayoría de sus pasajeros. Los habitantes de la pequeña ciudad donde acontece el suceso buscan la forma de enfrentarse a tan doloroso suceso. Egoyan revela la propia tragedia solo a retazos y conforme se van aclarando los sucesos de aquel día. Lo mismo sucede con el retrato que el director hace del desgarrador accidente. Cuando la insistencia del abogado (Ian Holm) por conseguir una retribución económica y emocional se acerca a su fin, el testimonio de una superviviente (Sarah Polley) se convierte en esencial para el caso.
Who can you blame when no one is innocent? (¿A quién se puede culpar cuando nadie es inocente?)
Con este film el cineasta canadiense se ganó el reconocimiento internacional de la crítica y del público y le valió una nominación a la Palma de Oro en el Festival de Cannes.
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- Usted es siciliano, ¿verdad?
- Sí, siciliano.
- ¿Sabe? Yo leo mucho, sobre todo cosas ocurridas en la historia. Para mí es algo fascinante. Y hay un hecho que no sé si usted conoce: los sicilianos descienden de negros.
- No, no entiendo… ¿Cómo ha dicho?
- Bueno, es un hecho. Verá, los sicilianos tienen sangre negra bombeando en sus corazones. Y si usted no me cree, documéntese. Hace cientos y cientos de años los moros conquistaron Sicilia y los moros son negros. Verá, por aquel entonces los sicilianos eran como los espagueti del norte de Italia, tenían el pelo rubio, los ojos azules; sin embargo, los moros invadieron la isla, se aparearon tanto con las mujeres sicilianas que cambiaron la línea sanguínea para siempre. Por eso el pelo rubio y los ojos azules se convirtieron en pelo negro y piel oscura. Me resulta asombroso pensar que hoy en día, cientos de años después, los sicilianos todavía llevan esos genes negros. […]. Sus antepasados son negros. Y su tátara tátara tátara abuela se folló a un negro, sí, y tuvo un hijo mulato. Dígame, ¿cree que miento?
- No…
- Porque usted es medio berenjena (risas).
Lo mejor de Amor a quemarropa (1993), los diálogos. Con el sello particular de Quentin Tarantino, justo antes de que escribiera la mítica Pulp fiction (1994). Toda la película está plagada de conversaciones tan sorprendentes como fascinantes, con la típica estética y escenas de acción que proporciona a sus films Tony Scott.
El joven Clarence (Christian Slater) celebra su cumpleaños viendo películas de kung-fu en un cine de Detroit. Allí conoce a Alabama (Patricia Arquette), una rubia con quien vive una aventura. En realidad se trata de una prostituta contratada por su mejor amigo como regalo de cumpleaños. No obstante, se enamoran y se casan. Para alejarla de la prostitución, Clarence decide quitar de en medio a su chulo (Gary Oldman), y al hacerlo se hace con una maleta repleta de cocaína, con la que huirán a Los Ángeles.
Se trata de una road movie muy entretenida, con muchas dosis de acción, un gran reparto y un guión palpitante repleto de humor ácido. Una película fundamental del director de Top Gun (Ídolos del aire) (1986), una de las 1001 películas que hay que ver antes de morir no solo por la seductora interpretación de Tom Cruise, sino también por las elaboradas escenas de acción. Como se puede leer en 1001 películas…, “el director, experto en películas de acción desenfrenada (El último Boy Scout o Días de trueno), emplea el menor tiempo posible en el predecible romance y en los conflictos personales y llena la película de combates aéreos y deslumbrantes despliegues aeronáuticos”.
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